En el año 2008, cuando parecía un reptil, pesaba 38kg y el kilo de tomate estaba a 20 bolívares, me encontraba cursando el segundo año de mi carrera Artes Audiovisuales en La Universidad del Zulia. La sede principal quedaba en el sector La Ciega, cerca del centro de Maracaibo, pero algunas clases – aquellas que requerían de movimiento o performance – las veíamos en una especie de salón/teatro en la Calle Carabobo. Un día, en uno de los breaks, estaba sentado en la acera con dos amigos quienes no recuerdo exactamente su identidad. De pronto, vemos una mujer rubia, de baja estatura, aproximadamente 40 años, caminando lentamente hacia nosotros. La mujer se dirige inmediatamente hacia mí.

“¿Ustedes viven por aquí?”, preguntó, mientras se agachaba. Noté sus increíbles ojos verdes y aspecto caucásico y por ende asumí, de forma ligeramente racista, que no pertenecía a la zona. “Somos estudiantes de la FEDA y vemos unas clases aquí”, le respondí. Al enterarse que eramos estudiantes de cine, habló sobre directores. Empezó mencionando a Robert Redford, un popular actor y realizador norteamericano. Spielberg, Kubrick, entre otros. Su pronunciación de los nombres era demasiado perfecta, sin duda no era venezolana. Nos dijo que era de Estados Unidos. No recuerdo la ciudad, pero tenía demasiadas interrogantes. ¿Qué hacía una gringa sola caminando por la Calle Carabobo? ¿Era turista? ¿Todavía hay gente que visita Maracaibo a pesar de los problemas del país?

Mientras seguíamos hablando sobre cine, nos contó que era epiléptica. “¿En serio? Yo también soy epiléptico”, le dije entusiasmado, como si tener una enfermedad en común fuera algo para emocionarse. Al igual que yo, la mujer era epiléptica de nacimiento. Empezamos a hablar en inglés. En ningún punto mis amigos le dirigieron la palabra a la mujer. “¿Sabes que las mentes más brillantes han sido epilépticas? Leonardo Da Vinci lo era. Aristóteles, Isaac Newton, Edgar Allan Poe, todos ellos sufrían de la enfermedad”, dijo, mientras escuchaba impresionado sus conocimientos. “Para ese entonces, no había mucho entendimiento sobre la enfermedad. La gente creía que todo aquél sufriendo un ataque epiléptico estaba poseído por el demonio. A algunos le practicaban exorcismos.”

Las preguntas seguían invadiendo mi mente. ¿Quién era esta mujer y por qué teníamos tanto en común? “Tú estás destinado a hacer cosas grandes. Lo siento y lo veo en ti”, dijo, como si se tratara de Nostradamus reencarnado. A ese punto, empecé a sentir que toda la situación era extremadamente inusual, pero logré mantener la conversación. Me preguntó cuál era mi género cinematográfico favorito, por lo que hablamos de ciencia ficción por un buen tiempo. Discutimos sobre Blade Runner hasta llegar al punto del debate moral sobre robótica, y cuales serían las posibles consecuencias si alguna vez podríamos lograr singularidad, una hipótesis que implica un futuro donde los robots con inteligencia artificial llegarán a un nivel tan avanzado que serán capaces de sobrepasar la inteligencia humana.

Hubo un momento donde me olvidé de que mis dos amigos estaban allí. Es decir, nunca aportaron nada a la conversación incluso cuando hablamos en español. Estaba tan hipnotizado con esta mujer tan peculiar que por un momento mi entorno se volvió inexistente. Lo extraño no solo era el hecho de que había una norteamericana vagando en la calle Carabobo de la nada, sino que compartiéramos tantas cosas en común y que haya mostrado un interés en mí desde el inicio.

Al rato cambió al español otra vez. “Me tengo que ir, pero fue un placer hablar contigo”, dijo mientras me dio la mano. “Vas a llegar lejos, ya verás”. La mujer siguió caminando y desapareció de nuestra vista. Volvimos al salón y no hicimos ningún comentario al respecto. Cada quien volvió a la rutina.

Por alguna extraña razón, nunca se me olvida ese día. Tengo una idea sobre uno de mis amigos que estaba conmigo ese día y le comenté sobre la mujer, quien nunca nos dijo su nombre, pero no recuerda nada. Quizás no era él, o quizás nunca pasó. ¿Será que todo pasó en mi cabeza? ¿Tuve un breve episodio psicótico? El hecho de que nadie me pueda ayudar a corroborar la historia hace las cosas un poco difícil. Lo que sí es verdad es que, aunque no he ganado ningún Oscar ni Globo de Oro, a finales del siguiente año lancé el primer video de The Alejandro Hernández Show, y gracias a ello he podido lograr muchas cosas que alguien de mi edad raramente puede lograr.

La interrogante si este encuentro pasó o no sigue vigente, pero lo importante es que esta mujer quedó grabada en mi mente y se convirtió en la única persona con quien alguna vez compartí tantas cosas en común en una conversación de menos de 20 minutos.

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