Si ya me han leído anteriormente, se habrán dado cuenta de que nunca me identifiqué completamente con la cultura venezolana, lo que es irónico, porque mi trabajo de humor está basado casi completamente en nuestra idiosincrasia. Cuando vivía en Maracaibo, muchas veces me sentía como un outsider, incluso desde que era chamo. Las cosas que a mí me gustaban o con las que me identificaba, no parecían concordar con la mayoría de las personas que me rodeaban. Por esa razón, más allá de la situación del país (que en ese momento no estaba tan mal), tenía intenciones de irme a otro lugar algún día.

Ya tengo casi dos años en Nueva York. He tenido contacto con tantas comunidades, y esa es una de las cosas que más me gusta de la ciudad, pero siento que no he terminado de sentirme completamente cómodo en ninguna cultura. Primero que nada, no encajo en el estereotipo de latino en Estados Unidos. No me gusta el reggaeton (pero lo bailo), no me gusta la salsa (pero la bailo), no soy fan del fútbol (pero veo el mundial), no me visto con gorra plana y pantalones anchos, Sábado Gigante no es mi programa de TV favorito, no me gusta la comida picante, no soy vivo y tampoco soy un inmigrante ilegal.

Cuando llegué a este país, la mayoría de la personas que me ayudaron fueron latinas, pero tenía ese síndrome de nuevo, de “no quiero juntarme con latinos y quiero hablar en inglés”, y probablemente suena arrogante y “sifrino”, pero completamente normal y estaba ansioso por conocer y relacionarme con otras culturas. Hace unos meses un chamo venezolano viviendo en NY me escribió un mensaje en Facebook. Empezamos hablando en Español. Le dije que si algún día nos veíamos en persona, habláramos en Spanglish o en Inglés porque quería seguir perfeccionando mi acento. No le gustó la idea, y me dijo que yo era el típico caso de un whitewashed, un término peyorativo que se usa cuando alguien que no es blanco caucásico trata de adoptar características de la “cultura blanca norteamericana” para ganar aceptación en esa comunidad. También me dijo que el único apoyo que yo iba a encontrar en este país era el de otros latinos, como si cualquier experiencia que él tuvo, aplicase para todo el mundo. No hablamos más.

Lo que me dijo me puso a pensar. Cuando estaba en Venezuela casi no pensaba en términos de raza o etnia, pero ahora me pregunto si los latinos me ven como alguien que no representa a su propia cultura. Un falso, un wannabe. Solo porque me gusta vestirme preppy o como un white guy, o porque casi no tengo acento y prefiero hablar en inglés, o porque creen que me la doy de superior solo por ser latino de piel clara, o porque en mi playlist no hay música en Español, o porque me encanta comer en Chipotle. Lo que también me hizo pensar que quizás los norteamericanos blancos también me ven como un wannabe. Que trato de vestirme como ellos para encajar en su comunidad, o que soy de los que no se junta con otros latinos para ser aceptado entre ellos.

En marzo del año pasado estaba saliendo con Steve, un típico norteamericano. Criado en los suburbios, pelirrojo, amante del basket y del brunch todos los sábados. Significó una parte importante en mi vida porque fue la primera vez que experimenté la normalidad en una relación del mismo sexo. No tenía problemas con la muestra de afecto en público, me pagó la mitad del pasaje a Colorado donde vive su familia, me presentó a los padres y hasta a sus amigos. Fue una experiencia casi surreal, pero también sirvió como un reminder de que a pesar de tener varias cosas en común con su cultura, hay demasiadas diferencias para sentirse completamente cómodo en un principio.

Recuerdo que un día salimos con todos sus amigos a un restaurant. Algunos no mostraron absolutamente ningún interés en conocerme y preguntarme detalles sobre mi vida. Con otros me la llevé muy bien, pero en muchas de las conversaciones grupales me sentí tan fuera de lugar. Cuando hablábamos de películas con las que crecimos, ellos mencionaban títulos que yo jamás había visto. Recuerdo que uno de ellos era The Goonies, un clásico familiar escrito por Spielberg. Cuando mencioné que nunca la había visto, todos reaccionaron sorprendidos, preguntándome en qué roca me había estado escondiendo. Yo trataba de explicarles que en vez de The Goonies, había dos canales (Venevisión y RCTV), que no se cansaban de repetir Daniel El Travieso (aprendí que en inglés es Dennis The Menace), y Matilda. Para que no me sintiera tan fuera de lugar, Steve me sorprendió esa noche con un DVD de The Goonies, y también vimos Superstar, aparantemente una de sus películas favoritas, una comedia terrible de los 90, pero que sirvió para conocer más sobre nuestras culturas.

Su grupo de amigos también consistía de típicos norteamericanos, en su mayoría. El tipo que no ha salido de su burbuja ni ha tenido contacto con otras culturas. Empezaron a hablar de hockey y también me sentí fuera de lugar. No había forma de que yo participara en esa conversación. Para rematar, hubo un momento donde empezamos a hablar de otra cosa y uno de sus amigos hizo un comentario estúpido. “Alejandro, si no conoces esto, te voy a deportar de vuelta a Venezuela”, una vez más, reforzando el estereotipo del latino. A pesar de esas diferencias culturales, el viaje de verdad fue una experiencia increíble.

Honestamente, jamás había analizado estas cosas hasta ahora. Toda mi vida había querido vestirme como me visto en la actualidad, y nunca lo había podido hacer por el clima de Maracaibo. Yo siempre he sido yo mismo, siempre me ha gustado hablar en Inglés, siempre me ha fascinado la industria del entretenimiento norteamericana, nunca he tratado de ser alguien más, pero ahora este choque de culturas parece indicar que no soy completamente de un lado ni del otro. No me siento totalmente identificado con las costumbres latinas, pero tampoco con las norteamericanas. Estoy en un constante vaivén, un desequilibrio cultural que no debería tener tanta importancia, pero que no deja de afectarme un poco de vez en cuando.

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