Así tu meta sea rebajar o aumentar masa muscular, ir a un gimnasio y empezar a ver resultados significa un cambio en ti y en los que están a tu alrededor. Aquí la lista:

  • 5. “Marico, te estais puyando”

Asumiendo que de verdad no estás usando esteroides, es imposible para los demás entender que estás largando la verga en el gimnasio de lunes a viernes, comiendo bien, a punto de declararte en bancarrota comprando suplementos dietéticos. Porque para los demás, no puedes aumentar de peso al natural, no, eso qué es? Se tuvo que puyar, sin duda. Agarró la via fácil.

  • 4. Las fotos

Si estabas gordo/a, procurabas tomarte únicamente fotos de cara. Vos sabéis, pa que crean. Y si estabas flaco, procurabas usar ropa en capas para que no te vieras tan anoréxico. Por qué creen que usaba tantos sweaters con capucha?. Ahora que estás en forma, te da por tomarte fotos cuerpo completo, buscando alguna pose donde se te vea mejor el bícep y el trícep. Buscas cualquier oportunidad para flexionar el músculo, porque HEY, SI ESTÁ, HAY QUE MOSTRARLO. Pero tranquilo que nadie se da cuenta que es intencional. La gente empieza a creer que tus habilidades con Photoshop se desarrollan cada día más, hasta que aceptan la realidad de que cambiaste. Te preguntabas por qué la gente se tomaba fotos frente al espejo pero no dudaste en tomarte una en el del gimnasio mientras descansabas. Tus mejores amigos te empiezan a comentar que eres gay por hacerlo pero no te importa, eso es pura envidia, no?

  • 3. Forma de vestir

Estabas tan gorda que llegaste al punto de comprar ropa de maternidad porque te medías 500 prendas y ninguna te quedaba. Entonces te ibas decepcionada de la tienda porque nada te quedó, pero qué más da, te ibas a comer una pizza. Y si eras flaco de pronto te pones esa franela que antes te hacía ver como una bolsa de basura y notas que ya el brazo cubre toda la manga. O usas franelas sin mangas más seguido, cosa que nunca te pasó por la cabeza, porque quién quiere ver dos palos de escoba o dos pechugas de pollo de Arturo’s? Pero ya no tienes los brazos así, entonces bueno. Es allí cuando empiezas a entrenar con ropa de gimnasio y quieres comprar franelas SUPER MEGA ULTRA SLIM FIT porque coño, ya puedes hacerlo. Pero te das cuenta de que no tienes plata entonces no te queda de otra que tomarte una foto en el probador de Zara porque la iluminación es cool y la subes a Facebook esperando que la persona que no te paraba bolas cuando eras horrible, te empiece a escribir. Bueno, quizás sigas siendo horrible pero con mejor cuerpo, a veces no pasan las dos cosas en el proceso.

  • 2. Sindrome de entrenador

Tienes pocos meses entrenando, el bícep te creció un centímetro y ya crees que puedes enseñarle al gimnasio entero. Sientes que eres el único que hace los ejercicios bien, entonces interrumpes el del otro para decirle que lo está haciendo mal. Le preguntas si está tomando suplementos y le recomiendas alguno de la Muscle-Tech, sabiendo que hay otras marcas más efectivas y más baratas, solo que no tienen buen marketing. Todo es felicidad hasta que el propio entrenador por fin hizo algo útil además de derrochar físico y ligar con las coñas, y te dijo que lo estabas haciendo mal. Pero tú no le paras porque solo quieren hacerte sentir inferior, entonces eventualmente te sale una hernia.

  • 1. Odio repentino a las piernas

Si eres hombre, llega un momento donde empiezas a desear que sea socialmente aceptable tener la parte de arriba del cuerpo desarrollada y la de abajo no. Esto no incluye las bolas, por supuesto. Los días de piernas se convierten en los más ladillas, sudas más de lo que deberías y pasas todo el tiempo entrenando con cara de Kristen Stewart, la chama de Twilight. Entonces llega un momento donde decides dejar de entrenar tus piernas, y haces puro pecho-bícep-trícep-quizáhombros, cuando entrenarlo más de 2 veces a la semana ya es exagerado. Continúas hasta que alguien te dice que pareces un vergo raro, entonces empiezas a entrenar las piernas otra vez, pero sigues odiando a las malditas.

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